martes, 28 de septiembre de 2010

En Londres a veces llueve.


Dos días  que ha llovido, dos días que me he mojado, de pies a cabeza. Quizás ¿porqué no iba preparada? no.
En London siempre tienes que ir preparada. Eso lo aprendes rápido. El tiempo es tan variable que cualquier día, de cualquier mes, de cualquier estación del año, puede hacer sol, lluvia, viento, otra vez sol...
La cosa es, que voy a buscar a Clemence a la guarde y se pone a diluviar. He dicho diluviar, no llover. Se entiende la diferencia ¿verdad? Don't worry!  me saco mi chubasquero de la mochila y asunto arreglado. Por fin puedo usarlo, lo transporto para arriba y para abajo por todo London por lo menos que de servicio. Ay madre! que de tan positiva me doy rabia… que poca gracia me hizo el diluvio…
El chubasquero es una adquisición que hice en Primark, la tienda más barata de toda la ciudad. Un día hablaré de ella, vale la pena saber que existe.
Todos sus productos vienen de países en vías de desarrollo. Tarde o temprano me tendré que responsabilizarme de mi parte de culpa por participar en todo eso.
Voy yo, tan bien tapadita. Toco el timbre de la guarde. Saludo a Petra y a Sara. Sale Clemi. Lloriquea un poco. Le digo -vamos Clemi, que está lloviendo. Se le ilumina la cara y sonríe. Una sonrisa gigante como si la palabra lluvia fuese sinónimo de FIESTAAAAA, pisar charcos y esas cosas.
La subo en el cochecito. La ato bien fuerte con los cinturones. Imposible salir del asiento donde va encastado. He leído en sus ojos que tenía pensada alguna travesura.. ¡Adelante!  la ruta hacia casa. A medio camino me empiezan a caer gotas desde la muñeca hasta la mano… y… me noto la espalda y los brazos mojados… pienso que son imaginaciones mías.  
Pues… de imaginaciones nada. Resulta que por las costuras del chubasquero entra agua. Resultado, llego totalmente empapada. ¡Que guay!
Al día siguiente, dejo el chubasquero en casa. A mí no me la vuelve a jugar más un trozo de plástico. Eso me pasa por comprar barato (aunque tengo una teoría que ya explicaré), en este caso no puedo argumentar nada a favor de esa teoría, pero no creo que lo más barato sea lo peor y lo más caro lo mejor. Ya empiezo con las contradicciones.

Al día siguiente cojo paraguas. Si el chubasquero era barato... el paraguas… ya ni lo cuento… una vergüenza.
Bueno, el día amaneció gris, luego salió un poquito el sol y justo a la hora de ir a la guarde se pone a llover. La modalidad de lluvia era racheada, mejor dicho totalmente horizontal, fina y muuuuy abundante. Una putada. Y yo con paraguas o algo parecido… un proyecto de paraguas.
Toco el timbre. Saludo a Petra y a Sara. Sale Clemi. Está contenta. Se sube al carrito echamos los candados de seguridad y al ataque.
Botar por los adoquines con una sillita que viene heredada de hermano a hermana, con las ruedas más desgastadas que  la piedra del mechero de Bob Marley, se me hace ¿no difícil? es imposible, pero yo cabezona lo intento una y otra vez.
Con una mano empujo, con la otra aguanto el paraguas y controlo que el viento no levante el protector de plástico que tapa a Clemi. Es imposible, no se puede. Y no he dicho lo mejor, el paraguas se cierra cada dos por tres. No hace bien el clik y se pliega que da gusto. La estoy liando gorda.
Lo sigo intentando. La sillita empieza a dar bandazos de un lado para otro. Clemi pregunta ¿qué paza? Le digo, nada guapa que voy conduciendo con una mano y no me sale. El paraguas se vuelve a cerrar. ¡Toma ya!
Me lo pongo atravesado entre el cuello y el hombro, como cuando te llaman por teléfono y tienes las manos ocupadas. ¿Qué dolor? No aguanto ni cinco minutos. Pruebo a conducir con una mano otra vez. Clemi cree que estoy borracha.
 ... ¡Ahora viene lo grande! de imprevisto chocamos contra un bordillo, Clemi sale disparada, casi se cae en el charco que se ha formado entre el bordillo y la carretera. Tiro el paraguas al suelo. La pongo bien en la sillita, le pregunto si está bien esperando que empiece a berrear de un momento a otro.  Clemi, me mira con cara de ¿te has vuelto loca? y solo alcanza a decir ¿qué paza? Le vuelvo a soltar el rollo de que conduzco con una mano y es muy complicado.
Lo que más raro es que la niña no echó ni una lagrima, se ha quedo quieta como nunca. Pobrecilla, del susto no reaccionaba.
Resultado final, paraguas y chubasquero a la basura. No sé qué clase de opinión se puede formar una niña de tres años de todo lo sucedido, pero doy gracias a que habla tres idiomas a medias y su madre no se va a enterar de nada.

Tengo un dilema, no sé que hacer si ponerme una bolsa de basura cuando llueva... comprarme un chubasquero rojo de los de antes que vi en un charity shop por 6 pounds, o quizás las siempre de moda botas Hunter... algo tendré que hacer... ¡me he quedado sin municiones y esto es la guerra!
            

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